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HUAMAN significado

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  • 11 Sep 2019
  • 03:00:08

Conoce el significado de tu apellido

Conversa con Guillermo HUYHUA QUISPE.
Atención: La entrevista, empieza a partir del minuto 124:00
Escuchas 124:00 / 180:08

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(Solo para los que tienen paciencia de leer)

 

Hola amigas y amigos:

En esta oportunidad quiero presentarles un escrito del historiador Juan José Vega. Este escrito se titula “Palabras preliminares” que es la presentación de su libro “La guerra de los Viracochas”, un libro que relata la Conquista del Perú y publicado en 1963. Este pasaje del libro es realmente impactante. Todo peruano consciente debería leerlo. La breve descripción de las escenas de parte de la historia de la conquista es realmente increíble, parece una fantasía. Despierta emociones fuertes. Vuelvo a leer el libro después de mucho tiempo. Y redescubro, en un nuevo escenario temporal, el tremendo y trágico impacto que significó para los naturales del Tahuantinsuyo la llegada e invasión de los españoles. Sangre, carne humana achicharrada, oro, plata, locura, ambición, desesperación, asesinatos, traiciones, suicidios, etc. son palabras que nunca terminarán por describir los sucedido en esas épocas. Te recomiendo que te acomodes y te permitas leer cuatro páginas de esta presentación maravillosa que escribió Juan José Vega. Lo felicito por que esta presentación logró activar mi imaginación a mil colores suscitando emociones fuertes que llevaron a mi conciencia a reflexionar sobre la gran tarea de engrandecer al Perú desde la educación. Gracias Juan José. Aquí les presentamos su escrito.

 

Atentamente,

 

GUILLERMO HUYHUA QUISPE y

ROSA LUZ ARROYO GUADALUPE

 

manco-inca

PALABRAS PRELIMINARES

 

Cuanto se dice en este libro sobre la Conquista del Imperio de los Incas es rigurosamente histórico; no obstante a veces sabe a delirio. No puede extrañar esto, pues la historia de América es narración de “lo real maravilloso”. La aparente fantasía, extraída de viejos documentos, refleja una época fabulosa y sin embargo verídica en la que sucesos muy extraños y crónicas de locura rompen toda lógica y avanzan más lejos que la imaginación de un novelista.

¿No se cree acaso escuchar una quimera cuando vemos a un capitán español, ganado por la rudeza de veinticinco años de guerras peruanas, quien en prueba de lealtad –a modo de macabro juramento- hizo que sus lugartenientes sorbieran los sesos ensangrentados de un jefe de motín? ¿No parece irreal ver a los cristianos untándose de grasa humana para curar sus heridas? ¿No semeja una fantasía pensar en cientos de caníbales, reclutados por los conquistadores, devorando pueblos íntegros a su paso, ante las cruces impotentes de los capellanes?

¿No parecen escapar a la razón las ejecuciones masivas en enormes hogueras o a cañonazos en las plazas? ¿O el tiro al blanco ensayado en los cuerpos de los vencidos? ¿O hambrunas que en unos pocos días exterminaban cien mil personas, mientras las carabelas apenas si podían mantenerse a flote con el peso de los tesoros llevados a ultramar? Así era ese Perú donde indios famélicos eran destrozados por perros más hambrientos que ellos mientras el oro y plata enviados desde aquí hartaban a la más lujosa corte europea.

Diabólica fantasía. A veces los españoles realizaban brutales matanzas de mujeres y niños. Una vez un capitán mató seiscientos niños juntos; otros alimentaron a sus perros feroces con tan exquisita carne. Los incas en represalia ultimaban a sus prisioneros y mataban sin cuartel a la población masculina de las regiones que daban algún apoyo a los conquistadores.

Los cristianos recolectaban manos derechas cercenadas a los prisioneros; el Inca, orejas y narices de cristianos; después se aficionó por sus cabezas. La fortaleza de Ollantaytambo estaba ornada con cientos de caballos disecados y doscientas calaveras colgadas de la barba. Campañas hubo en las que se brindó en cráneos chapados en oro, mientras se hacía quenas con los huesos del caído y collares con sus mejores dientes; sanguinarias guerras que enfrentaron una ruda era antigua a un renacentismo amoral.

País fue éste de espeluznantes suicidios colectivos; caciques que se arrojan a los precipicios y arrastran consigo a todos sus hijos y mujeres; país en que cientos de regias concubinas se ahorcan con sus propias cabelleras al conocer la muerte de sus señores; país de mujeres que pugnan por enterrarse vivas al lado de sus amos y esposos. Con risas y golpes de espada, respondían y celebraban estas actitudes aquellos que, en cambio, enterraban vivos a los caciques cuando no confesaban sus últimas riquezas.

Los antiguos papeles nos hablan de indígenas alelados ante quienes al principio imaginaban dioses Viracochas; y de españoles que aún creían en brujas, en gigantes y en dragones; su mente afiebrada transformó en sirenas a los manatíes del mar, durante las largas travesías. También sabemos que, aterrados, algunos cristianos juraban haber oído hablar a Satanás por los labios de los ídolos incaicos. Igual se santiguaban contando que era Santiago Apóstol quien a veces conducía los ataques de caballería, protegiéndolos con su capa de los hondazos enemigos; simultáneamente buscaban amuletos y antídotos –piedras bezoares- en el estiércol de las vicuñas. Raras mezclas.

No faltaron príncipes traidores que se aliaron con el invasor, ni curacas rebelados contra el Inca, ni acaso tampoco algunos españoles realmente cristianos que trataron en vano de contener la barbarie; español hubo que llegó a pasarse al lado de Manco Inca y lo acompañó en sus guerras contra España. Todo parece irreal.

Así fue ese Perú donde competían las minas más ricas con las tumbas de reyes arcaicos y legendarios, desconocidos incluso para los Incas; en los muladares quedaron tiradas algunas momias, después de ser despojadas de tesoros más preciosos que los de Tutankamon.

Parece ficción ver Incas victoriosos usando a caballo armaduras europeas y a españoles pobres y vencidos vistiendo pestilentes pellejos de llama, y en otra imagen desconcertante, contemplar a los esclavos españoles del Inca triunfante y a las infernales campañas represivas de los conquistadores; presenciar las orgías del triunfo en el interior de una iglesia cristiana, celebrando matanzas de rebeldes indios o españoles.

Guerras eran esas de grandes perros feroces: lebreles cebados en carne humana, mataban o mutilaban a gusto de sus amos; y potrillos engreídos eran llevados en hamacas por los indios en los desiertos; no falta en la historia un gato, por el cual –excéntrico capricho- se pagó seiscientos pesos de oro para satisfacer la vanidad de un Gobernador frustrado. Esa Conquista dejó caballos y jinetes congelados como estatuas en el cruce de alguna cordillera y por años permanecieron así.

Perú del XVI, de hacha y veneno, donde se moría casi siempre de mala muerte. Perú donde se degollaba los cadáveres de los ahorcados, en pos de certeza de muerte; o también donde por fingir que un rey vivía se paseaba en andas su momia para amedrentar a vasallos siempre turbulentos.

La Conquista no tiene sólo olor a sangre, hiede a carne humana achicharrada. No únicamente la de los indios rebeldes que humea en gigantescas piras sino también la de los diez cristianos entregados por Manco a tribus selváticas antropófagas. En ese ambiente dantesco ¿no es de novela cómo murió el célebre Obispo que empezó como capellán en la celada de Cajamarca? Aquel, que desde el Cuzco dirigía la más extensa diócesis del mundo, pagó su trampa. Lo cogieron los indios de la isla de Puná y atado a una parrilla le vaciaron los ojos con una caña. Luego, a modo de una versión austral del espantoso fin del triunviro Craso entre los Partos, ya agónico le vertieron oro hirviente en sus cuencas vacías y, tras embadurnarlo de ají, lo asaron. Habría de ser devorado entre danzas y cánticos propios del ritual de esa apartada comarca del Imperio de los Incas. Ese Obispo famoso, que había destacado como despiadado destructor de idolatrías, terminó ofrecido en holocausto a los dioses que pretendía derribar. Los tótems punaeños, pintarrajeados con su sangre, fueron silentes testigos de una prehistoria que, allí como en otras cien partes de América, se extinguía cobrando –implacable- sus últimas víctimas a la Europa cruel y conquistadora.

Pero la atroz violencia tenía sus compensaciones. En naipes y dados se perdía o ganaba fortunas; en un solo juego, hasta cincuenta mil pesos de oro. Del gesto dispendioso de un capitán medio millón en deudas tirado a la fogata de un campamento. Y hubo mejores premios para la osadía y la crueldad.

Lejos estaban las épocas en que los conquistadores se alimentaban de culebras y compartían por contrato a unas pocas muchachitas nicaraguas. En el Perú habían visto a un rey con quinientos hijos y a un príncipe con cinco mil mujeres. Ellos no quisieron quedarse atrás y cada carga de caballería les daba cuantas hembras quisiesen; llenábanse así serrallos españoles que unos pocos sacerdotes observantes no lograron evitar. El harem dejó de ser inca para trocarse en cristiano. Era cosa fácil. Destrozada la poligamia incásica, miles y miles de acllas erraban por los caminos pidiendo pan y dueño. Hubo damas de alcurnia vilmente deshonradas y también sensuales. Capullanas, esas cacicas poliándricas que acogieron felices a los hombres barbados creyéndolos deidades o adorables amantes. En ese Perú de la Conquista los castellanos también habrían de probar belicosas Amazonas, guerreras de la selva y el Ande: ante sus hondas sucumbieron muchos plebeyos que a veces ni padre conocían, pero que aquí se dieron altivos privilegios de sultán. País este de prostitutas moriscas, amantes aborígenes y esposas españolas, raptadas a veces por los partidos de los cuzqueños rebeldes.

Agresiva fantasía real la del Perú. ¿No es increíble que Francisco Pizarro, un porquerizo iletrado, llegase a desafiar desde el Perú a Carlos V, “Señor del Universo Mundo”? Ese plebeyo alcanzó a dominar América, desde la línea ecuatorial hasta las cercanías del polo sur, sin dejar por ello de ser ducho en violar y matar a princesas casi niñas. Lo seguía una turbamulta de conquistadores, en su mayoría muy jóvenes, muchos de ellos árabes y judíos de familias recién cristianizadas; todos habían dejado una España hostil para abrirse paso, a filo de espada, en estas nuevas tierras. No debieron faltar gitanos. Dos judíos, ya conversos, alcanzaron relievante figuración en el Imperio de los Incas; uno, capitán de Piura y Cajamarca por la ruta de Quito que conquistó, se hizo dueño de lo que hoy es Colombia. Fue el otro el hijo de un zapatero y de una madre demente, un revoltoso muchacho que en Pavia capturó a Francisco I de Francia y en el país de los Incas casi alcanzó el Mariscalato de Nuevo Toledo. Así era esa tropa, y de su pasta los jefes, con harta gente de sospechoso pasado. De Almagro, siempre se supuso que era un moro vergonzante y se desnudó su cadáver descabezado para comprobar si estaba o no circunciso. Mas, de cualquier modo, el que menos dominaba territorios varias veces más extenso que España.

Convertidos en señores neo-feudales, los conquistadores revivieron algo de la Edad Media en los valles del Perú. Plebeyos era los más, no escaseaban los prófugos de la justicia y, evidentemente, no sobraban hidalgos; uno que otro hubo, dueño de petulantes blasones y de flaca bolsa. En España vasallos indigentes pasaron aquí a ser altaneros conquistadores que, insatisfechos con sus yelmos empenachados y sus lindas corazas hasta herraduras de plata pusieron cierta vez a sus corceles. Los más encumbrados –los mandones de turno- vivian enjoyados, siempre en guardia y en fiestas entre armiños y terciopelos. Su soberbia llegó a extremos cuando hicieron guerra al representante de su monarca, el más poderoso de la tierra. No contentos con degollar al Virrey de Perú, arrancaron entre risotadas sus blancas barbas para adornar los elegantes sombreros que portaban.

Los peligros y el crimen daban otras recompensas. Lo del oro devino en locura. “Imposible para poderse creer”, escribía un alto funcionario desde Panamá a la Corte de España, tras ser informado de las riquezas del Perú. Tenía razón: difícil era aceptar que existiesen templos y palacios forrados en oro y plata y que en sus jardines fructificasen árboles y flores de metales dorados incrustados de piedras preciosas, con estatuas de hombres y animales de los mismo.

Era inaceptable el relato del milunanochesco desfile de hileras de indios y llamas portando el más fabuloso rescate de la historia humana. Tanto por soldado no dio ni el botín tomado a Dario por Alejandro. Pronto un deudo de Carlos V, metido aquí de conquistador, escribía a su rey y pariente: “el hierro precian más que el oro; la plata dánla de balde”.

La locura fue contagiosas; pensaban los indios que los cristianos comían oro y plata los caballos. Y mientras un cura alucinado creía ver oro hasta en la lava de los volcanes y descendería por los cráteres en pos de la supuesta riqueza, aquel oro real de los Incas fecundaba Europa y permitía el asentamiento del capitalismo. Tal estancia de la historia quedó así marcada a fuego con la violencia del Perú; sólo se pensaba en España en la gran vida y en las luchas contra los turcos, franceses y alemanes. “El oro es el nervio de la guerra”, había dicho Maquiavelo; Carlos V seguía útil consejo, agregando mucha pólvora a la frase del célebre italiano. Y el Perú pagaba.

El centellante oro peruano atrajo muchedumbres de españoles hambrientos. Vinieron en oleadas sucesivas y, no encontrando ya indios para despojar, se lanzaron, daga en mano, contra aquellos de sus compatriotas que por haber venido primero gozaban de poder y la riqueza. Todo valía. El fin justificaba los medios. El Perú se repartió varias veces entre los cristianos. Las rayas en la arena cedieron paso a traiciones siniestras ejecutadas a las pocas horas de jurar amistad ante hostias consagradas. Hubo feroces batallas y masacres. Unos a otros se mataban sin piedad; y luego se enviaría a los recién llegados a morir en la selva, seduciéndolos con la mentira de mayores reinos que conquistar. Empujados por codiciosos mercaderes –las verdaderas aves de presa de la conquista- los cristianos se precipitaron sobre tierras prohibidas, a los enormes espacios blancos de rudimentarios mapas. Época de duelos y de ensueños: contagiados del delirio, en varias partes de América las expediciones se lanzaron en pos de El Dorado, un ser casi mágico, que, reviviendo la leyenda de Midas, trocaba en oro cuanto tocaba.

Oro y más oro es la obsesión de la conquista; pero, también las especias. Veinte mil cadáveres de indígenas y negros marcaron la ruta de una expedición que llevó vanguardia de novecientos perros bravos. El Amazonas se descubrió, tras esta atroz campaña, durante la búsqueda de la eterna juventud que otorgaba la canela, al decir de muchos de entonces, rejuvenecedora de vigores y pródiga en dulces placeres.

Nieve, trópico y desiertos fueron el escenario de toda esta historia de la Conquista Española del Perú. Alucinante caos geológico: montañas nevadas de las más altas del planeta, frente al mayor océano del mundo; hielos donde nacía el rio más caudaloso de la tierra para hundirse en selvas sin fin; arenales interminables. Conquista del Perú, realizada entre sismos, aludes y erupción de un volcán. Hasta el cometa Halley cruzó una noche los cielos para rubricar tan trágica grandeza, presagiando con su paso el asesinato del más poderoso príncipe de América.

Fue el Perú Antiguo de orgullosos jefes nativos bajo plumería multicolor; de fieros guerreros cuyo rostro aguileño asomaba entre las fauces de tigres; de sacerdotes envueltos en mantos de murciélagos; de danzantes que empuñaban víboras mientras daban vueltas con sus alas de cóndor. Los esperaba en el XVI el rayo mortífero de la pólvora; el filoso acero; las impetuosas cargas de la caballería.

Tal el Perú al emerger de su espledente prehistoria. Era la de los Incas una de las grandes realizaciones de América; se habían impuesto a una geografía extraordinariamente difícil. Más allá del extremo sur de sus fronteras –según las crónicas- vivían las gentes como osos, en cuevas; y en los linderos septentrionales, en vez de hablar, los hombres aún chillaban como monos; feroces antropófagos guardaban intrusos en el límite de las selvas Este.

Hicieron de la piedra cuanto quisieron, y el uso del bronce se extendía cada vez más. Los caminos de ese Imperio fueron mejores que los de la Europa de su tiempo. Las artes florecían y las ciencias empezaban a desarrollarse, aunque todavía sin rueda, escritura ni hierro. Asombra Sacsahuaman, el mayor monumento ciclópeo jamás levantado; Machu Picchu no tiene parangón con su audacia arquitectónica sobre los abismos. Bellas joyas, una multicolor cantarería y hermosos mantos alegraban la vida de una aristocracia guerrera, que, con sus cinco millones de vasallos, se creía dueña de las cuatro partes del mundo, del Tahuantin-suyo.

Integraban aquel Imperio numerosas naciones distintas, dotadas de diversos grados de evolución cultural. Una de ellas era la dominante, la cuzqueña o inca. De su seno procedía una casta que proclamó su divino origen solar. Debajo de ella se hallaban las noblezas provincianas, llenas de rencor hacia el Cuzco victorioso. A estas dos noblezas, imperial y regionales, pertenecían buena parte de las tierras y casi todos los rebaños, minas y artesanías; las dos aristocracias eran sostenidas por vastas capas plebeyas y por una surgente clase de esclavos.

Aunque el Cuzco ostentaba solemne antigüedad, el Estado Imperial Incaico era joven. El Imperio había iniciado su formación sólo a mediados del siglo XV y hacia 1532 se extendía sobre gran parte de los territorios pertenecientes hoy al Perú, Bolivia, Ecuador y Chile y fragmentos de Argentina y Colombia. Los ejércitos incaicos seguían ampliando fronteras en todas las latitudes cuando se produjo la agresión occidental.

Este libro trata sobre la destrucción de aquel enorme reino, en una guerra desatada por extraños seres que irrumpieron con un poder que parecía sobrenatural, seres a los cuales se vio en un inicio como a los sagrados Viracochas de la mitología panteísta andina. El rayo de aquellos Viracochas, llegados por el mar, significó para los casi divinos vástagos del Sol, la primera caída y el inicio de su catástrofe.

                                                                                                                             Juan José Vega.

Vega, J. (1969) La guerra de los Viracochas. Lima: UNE, tercera edición.

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